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El celibato como entrega.

Por Daniel do Campo Spada.

catolicos_300.jpeg El celibato, entendido como “el estado de vida que elige el religioso (o sacerdote) por el cual él/ella promete no contraer matrimonio o tener relaciones sexuales”1 es una condición necesaria para poder entregarse al servicio de la Iglesia y sus fieles. Quienes somos casados, sabemos muy bien que las demandas conyugales nos impedirían tener una situación de entrega total.
Uno de los roles fundamentales de los curas es el de mantener nuestras Iglesias. De hecho, aunque no son de su propiedad, se cargan al hombro las instituciones asignadas. Por cierto que algunas (sobre todo selectos y grandes colegios) parecen altamente autosostenibles, pero la GRAN MAYORIA apenas si pueden sostenerse con la limosna de los creyentes. Los templos, sus obras y sus servicios, no pueden sostenerse con las monedas que los pocos centenares de feligreses dejan en una misa semanal. Si a ello le agregamos que cada vez concurren menos (tema que trataremos en otros párrafos), ¿cómo hacer para que ello se mantenga? Que una humilde parroquia esté abierta para el momento en que nuestro corazón nos invite ir a la Casa del Señor implicó que al menos una persona pase penurias: el cura. Basta escucharlo al Padre Farinello, quien reiteradamente dice en sus programas de radio o televisión que él habitualmente ve a “curitas que pasan hambre”, a pesar de que la imagen de curas nadando en dinero ajeno se ha instalado en una sociedad cada vez más secularizada pero totalmente desactualizada.
¿Cómo podría alguien que tuviera una familia dedicarse a una tarea extra hogareña absorbente y que además es deficitaria? Por ello, el control de la pasión carnal no solo es lo genital. El celibato es una forma de entrega total. No tienen día ni noche, ni feriado. Son sacerdotes las 24 horas del día, entregando lo que dan y aquello de lo que se privan. ¿Acaso ello no es entrega?
La editorial porteña Centro de Difusión de la Buena Prensa, tiene una colección maravillosa de pequeños volúmenes que encaran temas actuales y complicados. No solo tienen un abordaje valiente sino que además muestran en la mayoría una apreciable amplitud de criterio. A quienes puedan acceder recomiendo la lectura de “¿Por qué no se casan los curas?”, donde J. Paolini y A. Cifelli trazan en apretada síntesis la problemática de la resignación a no casarse, donde no solo deben controlar los impulsos sexuales, sino que además se postergan como individuos autorrealizables para darse en entrega a la comunidad, que solo los ve cuando lo necesita. Entre bautismo y bautismo, unción de un familiar enfermo o responso, el sacerdote no está en un freezer. Vive postergándose en muchos planos, incluído el de la carne, para poder ser de todos, al mismo tiempo que debe sostener instituciones que no son de su propiedad privada, como sí es el caso de otras religiones cristianas y pre-cristianas.

ENERO 2009-01-16
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