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HECHOS I. La propiedad privada.

Por Daniel do Campo Spada.

“...Asi es que no había entre ellos persona necesitada pues todos los que tenían posesiones o casas, vendiéndolas, traían el precio de ellas. Y las ponían al pie de los Apóstoles, que después se distribuía según la necesidad de cada uno”. (Hechos de los Apóstoles IV, 34-35)

“Un hombre llamado Ananías, con su mujer Shapira, vendió también un campo. Y, de acuerdo con ella, retuvo parte del precio y trayendo el resto púsole a los pies de los Apóstoles... Más Pedro le dijo...no mentiste a hombres sino a Dios. Al oír estas palabras Ananías cayó en tierra y expiró.”
(Hechos de los Apóstoles V, 1-2, 3, 5)

ricos_02.jpeg Los Apóstoles fueron el ejemplo de los primeros cristianos que aún hoy deberíamos tener en cuenta. De la misma forma que Jesús les enseñó ellos tenían en claro que las posesiones terrenas no son el objetivo de quien quiere llegar a Dios. En muchos de nuestros textos venimos trabajando la idea de que el actual consumismo no conduce hacia ningún lugar. La declinación biológica es irreversible e indetenible. Quienes creemos que la vida trascendente es la que cuenta, deberíamos tener cuidado en el énfasis que se pone en la propiedad de las cosas, que apenas serán polvo en el día del Juicio.
Los Apóstoles habían instaurado un sistema comunitario de mantenimiento, en el cual todos aportaban lo obtenido con sus trabajos, para que luego sea redistribuido de acuerdo a la necesidad de cada uno de ellos. Por ejemplo las viudas, que al quedar sin marido no obtenían dinero de ninguna forma (tengamos en cuenta que de acuerdo a las costumbres de la época las mujeres no trabajaban) eran atendidas por la comunidad, al igual que los huérfanos o los ancianos. Si todos somos hermanos en Cristo, no podemos abandonar la enseñanza que dice: “Quien dice que me ama, pero odia a su hermano, está en pecado mortal”.
El sistema de decisiones era democrático y en asamblea se ponían las decisiones, iluminados por el Espíritu Santo que los había convertido en sabios a pesar de su origen pobre en la mayoría de los casos. Quienes observaban a los cristianos en esa época le envidiaban la tranquilidad que mostraban y la alegría fruto de la esperanza de la salvación. La contención entre hermanos daba a cada uno la seguridad que le permitía encarar dificultades, opresión y persecusión.
Los sacerdotes judíos, alentaban esta persecusión porque no podían aceptar esa realidad en la cual hubiera cada vez más quienes entendieran a estos hombres que hacían prodigios y brindaban esperanza sin ningún tipo de interés en el lucro. “¿Qué los guía a hacer eso gratuitamente?” repicaban en los templos de los seguidores de David.

ENERO 2009-01-11
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