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El Dogma y la Realidad. Las uniones de pareja. Parte I.

Por Daniel do Campo Spada.

anillos.jpg “Los caminos de la vida no son lo que yo soñaba”, dice Vicentico en una de sus canciones. Y es así. Comenzando el camino en un hogar “normal”, con techo, comida y una cama caliente, hay muchas fantasías que luego, aún manteniendo todo eso, es mucho más difícil. Uno de los puntos en los que la vida golpea más es en las relaciones de pareja. Algo pasa en nuestros días y nadie puede negarlo.
La vida superficial nos hace buscar la sonrisa permanente de las publicidades. Por ello, quienes estamos en búsquedas que no responden al modelo consumista, nos encontramos con la sonrisa displicente de más de uno. No solo los que buscamos a Dios, sino los que propician una vida más tranquila o simplemente un trato armonioso con el entorno natural, somos taxonomizados como “locos lindos”, con todo el cariño pero también el desmerecimiento que ello implica.
En varios círculos profesionales, de amistades o de otra índole que integro, veo que la generación intermedia sufre. Los hijos empiezan a ser libre y tener sus propios sueños. Los padres, son mayores y requieren atención o ya se fueron con el Creador. Y en el medio, personas que ven un físico que ya no es el de antes. Irremediablemente.
De golpe, se percibe que esa persona que comenzó el camino con nosotros es otra. Ha cambiado, al igual que nosotros. Lo que nadie puede garantizar es que haya sido el mismo giro. Cuando el nido empieza a quedar vacío hay tiempo para volver a “re-conocerse”... y ahí pueden empezar algunos problemas. En esas búsquedas empieza una carrera loca, con consignas de “re-hacer”, pero con la conciencia de que los tiempos y el margen de maniobra ya no es el de la juventud. ¿Cómo impedir en ese contexto la cantidad de nuevas uniones que se dan? ¿Por qué el mundo moderno (urbano y rural) llega al promedio de dos uniones de pareja en la vida adulta? Al mismo tiempo hay cada vez más hogares monoparentales, es decir, de una sola persona. Detrás de este modelo también hay una lógica de mercado, ya que donde podría haber una cafetera, una heladera, un horno o un auto para varios integrantes de una familia, se convierten en tantos elementos por cada humano vivo. Pero esa lógica también tiene otro problema que es la falta de soledad. Estamos bombardeados de interaccione, sin espacios para uno. El último y fatal misil fue el teléfono celular, que como si fuera un invisible hilo de baba nos sigue a todos lados. Imposible esconderse. Esa saturación presiona hacia una explosión de intolerancia. Una cosa lleva a la otra y el espacio aparece “inexplicablemente” por la separación. La necesidad de “su” lugar es cada vez más difícil en pequeños departamentos y en ciudades superpobladas y en hábitos hipersocializados donde para lo único que no hay es espacio “para el individuo”.
Una excusa fácil es que la infidelidad ayuda a enriquecer la pareja. Es mentira. Solo se convierte en una aventura, y en muchos casos una venganza de la que la víctima ni se entera, pero nada más. Allí habrá que reconocer que el amor desapareció y habrá que evaluar la necesidad de mantener las apariencias montadas en una mentira. Tener espacio es otra cosa. ¿Cuantos individuos se dan cuenta al separarse de su pareja que se han olvidado de sus amigos, de sus hobbies, de todo aquello que era parte de sí? Este es generalmente uno de los nudos. Por culpa del “otro” he dejado de ser yo, y al que querer volver a serlo, se “mata” a quien se considera el culpable de nuestro despojo.
Terapia... o espacio, pueden ser la llave a ver qué nos pasa en este mundo en el que todos estamos cada vez más irritados y presionados.

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