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La transfiguración en las cosas cotidianas.

cristo_014.jpeg“Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se le aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro le dijo a Jesús “Señor, que bien que estamos aquí!”. (Mateo 17, 1-4)

Por Daniel do Campo Spada

El que acabamos de transcribir es uno de los párrafos mas maravillosos del Nuevo Testamento, partiendo incluso del libro (Mateo) más duro en sus relatos. Mas de un comentarista litúrgico ha expresado con razón que esa sensación de beneplácito de Pedro es porque vió “un pedacito de cielo”, con todo lo que la vida eterna promete. Sin embargo, quiero agregarle algo que pocas veces conté y a muchas menos personas todavia. Y lo hago con el criterio de agradecer.
En el año 2005, en la misa de Corpues Christi viví quizás uno de esos tipo de transfiguración que nos suceden a cotidiano pero que la velocidad de vida no nos permite ver. Mi Padre (una de las personas más importantes en mi vida) acababa de morir cuarenta y ocho horas antes. Durante la ceremonia, veía a mi “Viejo” (como cariñosamente le decimos en Buenos Aires) detrás del sacerdote. No puedo explicar cuál era el fenómeno. Pestañeaba y la imagen seguí allí, sonriente, pleno, feliz. Así fué toda la misa. Cuando terminó, (es una pequeña y acogedora parroquia a la que concurrí muchos años, se llama San José de los Obreros y está en la localidad de Gerli, en la Provincia de Buenos Aires), todos salieron, menos un señor (a quien nunca habíamos visto), que con un Rosario colgado al cuello se acercó a mi familia y le dió un beso a cada uno de mis hijos y a mi señora. Cuando llegó a mí, me abrazó y al oído me dijo “Fuerza muchacho”. Esa frase no era una más. Era la forma en que mi Padre me hablaba: “muchacho”. Salió de la Iglesia y éramos los únicos que quedábamos. Nos fuimos detrás de él y allí estaba el Padre Jorge, el cura a quien (a lo mejor él ni imagina que fue un herramienta de Dios en este caso) le debo haber vuelto a la Iglesia tras unos años de distancia. Le pregunté quién era el que había pasado por allí y dijo no haber visto a nadie. Nos esperaba a nosotros para darme un abrazo en tan difíciles momentos. Pero esa no fué la única transfiguración que recibí.
Esa semana no concurrí a trabajar. Una madrugada, de las tantas en las que la angustia no me dejaba dormir, enciendo la televisión y mientras le rogaba a Dios “un mensaje”, un grupo musical juvenil del que nada sabía (“Arbol”) interpreta su tema “El fantasma”. Quienes la conocen, saben que habla de la partida de alguien que se va de aquí y cuenta un poco cómo es el más allá. Da una paz tremenda y la recomiendo a todos aquellos que estén pasando por esas horas.
El domingo siguiente, es decir apenas una semana y dos días de la muerte referida, era el Día del Padre en la Argentina. Era mi primer día alegórico sin “mi Viejo”. A las 3 de la mañana, me levanté de mi cama como si hubier dormido toda la noche, cuando en realidad solo llevaba acostado un par de horas. Instintivamente fuí hacia la cocina y allí, como si fuera un agujero en el aire, lo ví a Papá sonriente. No decía nada, pero sonreía. Pestañeaba y seguía allí. Es más, en la escena, equivalente a la de esos cuadros ovalados antiguos, aparecieron mi Abuelo y mi tío, padre y hermano de papá Orlando.
Tardé mucho tiempo en contarlo. ¿Quién que no tuviera un corazón abierto podría creerme? Para algunos puede ser “imaginación”, pero en lo más hondo de mpi siempre supe que no era así. Seguramente a Pedro también le deben haber dicho lo mismo. Siempre creí que había otra vida, pero esa y otras manifestaciones que no es el momento de contar me han dado la certeza. Certidumbre que agradezco a Dios, que me permite ver el presente de nuestra vida peregrina en la tierra de otra forma. Quien quiera creer que quiera.

Septiembre 2008
Libre reproducción con mención de la fuente.

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