El niño del subte
Por Daniel do Campo Spada
Quince días antes de la vivencia que disparó el comentario de este artículo, falleció nuestra mascota “Dalila”. Después de 17 años de entrega desinteresada merece un apartado, pero no en esta oportunidad. A su “entierro” en nuestro jardín asistieron no menos de seis familiares y una mascota más pequeña. Lloramos y estuvimos tristes muchos días. Muchos de nuestros allegados también se apenaron. Contar la historia a los conocidos generaba un momento de silencio.
Sin embargo, cuando un día cualquiera de la semana tomé el subterráneo desde el centro de Buenos Aires rumbo al suburbio en el que vivo, un niño de apenas 8 años (que por una sub-alimentación apenas si parecía de 6) se acercaba a cada pasajero e intentaba darle la mano para llamar su atención, no sin antes darle una estampita de San Cayetano con un mensajito escrito a mano que decía “gracias a tu ayuda podemos comer con nuestros hermanitos”. Algunos, pocos, le daban algunas monedas que les sobraban y muchos menos, apenas si le devolvían el saludo y casi ninguno ni lo miraba a la cara.
Una señora con mucho maquillaje y con ropas costosas, un joven con traje y su equipo de sonido al oído y un señor de campera, lo ignoraron totalmente. No registraron su presencia. Y si lo hicieron, le demostraron la peor de las indiferencias. El cineasta argentino y fallido político Fernando “Pino” Solanas los catalogó de “los nadies”. La Biblia nos enseña que en cada pobre, en cada hermano, está Cristo. Cada vez que un pobre, niño o viejo y aún un rico, nos pide algún tipo de ayuda, es Jesús el que está detrás. Si el mismo Jesucristo entrara al subte y supiéramos que era él, ¿sería la misma respuesta? ¿Acaso el niño no es hijo de Dios también?
¿Acaso alguien cree que por algún motivo que dependa de sí mismo no está en la misma situación? ¿Cómo entender la indiferencia? ¿Qué puede vivir alguien que haga que su corazón no sienta no ya empatía sino por lo menos compasión?
El niño del subte ignora que tiene una vida más corta que la de otros niños que comen y duermen bien todos los días y que quizás si no lo mata su frágil salud muera antes de tiempo por la explotación y la marginalidad que le espera. La prostitución, la delincuencia, la esclavitud y la peor de las miserias lo espera sentado en cada estación. La pudredumbre tiene mas tiempo que él.
¿Cuando muera, ese hermano nuestro, niño que pide monedas en el subte, tendrá al menos la misma gente que tiene una mascota? Por Dios, qué preocupado me pone lo que imagino como respuesta.
JULIO 2008
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