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San Pedro y San Pablo.

Por Daniel do Campo Spada

sanpablo_01.jpeg Una vez al año, la cristiandad recordamos a San Pedro y San Pablo. Ambos, aunque con diferencia de edad en favor del primer Papa, fueron contemporáneos y según los sacerdotes consultados, las investigaciones registran cuatro encuentros. Ambos fueron fundamentales para la consolidación de nuestra religión, aún partiendo de sus diferentes personalidades. Murieron en martirio y eso los igualó a Cristo, y los dos provenían del pueblo, eran gente común y eso los iguala con nosotros. Mas allá de la resignificación que en los últimos siglos tuvo en festividades populares rayanas con el paganismo, una visión integradora de nuestros hermanos nos permite establecer una síntesis del cristiano esperado.
Pedro era un rudo pescador, aparentemente tosco desde lo intelectual. La rudeza de su trabajo no le hizo perder sin embargo la sensibilidad necesaria como para tener presente a Dios y poder “reconocer” de entre la multitud al Mesías que lo llamó. Pudo darse cuenta que ese nazareno que lo invitaba a dejar todo y partir tras él era el Hijo de Dios. ¿Cómo hubiéramos reaccionado nosotros antes de que las sagradas escrituras nos lo hubieran contado todo? Porque hoy todos nos iríamos detrás de Cristo. HOY. Pero en ese momento, cuando el Señor de la Historia compartió sus días con nosotros, ¿hubiéramos estado tan seguros? Solo la providencia divina puede darnos en esos momentos la señal que nos permita discernir un llamado. Por eso, pensar en Pedro, un hombre que salió del pueblo, que dedicó su vida a nuestra Iglesia naciente, que se convirtió en “la roca” sobre la que se construyó este presente es una invitación a que el Señor ilumine las vocaciones de los que han sido elegidos, para que no tengan dudas de su destino de pastores.
Pablo, provenía de la administración pública e incluso se dedicaba a perseguir cristianos, hasta que Dios se le apareció con tal contundencia que no dudó en creer en esa voz que le preguntaba “¿Pablo, por qué me persigues?”. El Creador lo llamaba por su nombre. Hombre formado culturalmente, representó la posición contraria a la de Pedro, quien quería una difusión de La Palabra solo para los creyentes, algo muy propio de su raíz judía. Pablo, en cambio, fue el gran difusor, entendiendo que es misión del cristiano llevar la revelación del Reino hasta el último rincón del mundo, para que lo escuche hasta el último ser humano. La misión primera es que todos sepan. Después es responsabilidad de cada oyente convertirse en CREYENTE.
La pregunta es... ¿hablamos de Dios en nuestros trabajos, en nuestra familia, entre nuestros amigos, en los lugares públicos o nos guardamos las enseñanzas de Dios para un grupo selecto? ¿Tenemos la soberbia del intelectual o la bonomía del que sabe sus limitaciones? Un cristiano de hoy debe ser una síntesis de ello. Difundir por todos los medios, pero conservando la cautela del tosco quien no da rápidos pasos de los cuales luego pueda arrepentirse.

Junio 2008
Libre reproducción con mención de la fuente.

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Comentarios(2) »

  1. Luis — 07-10-2009 - 17:32:38 GMT 3

    No lo puedo creer, que una persona con todo ese caudal de títulos tenga la suficiente humildad para creer en Dios,me parece muy interesante la frase "SOBERBIA DEL INTELECTUAL, creo que de eso esta lleno este mundo, pero yo los llamaria NECIOS, que por solo tener un título dado por los hombres ya creen que pueden retar a Dios.

  2. DANIEL — 10-10-2009 - 06:52:21 GMT 3

    LUIS:

    Es muy ingenuo aquel que logra cosas en la vida y no reconoce en ello "el favor de Dios". Sin EL nada sería posible, por lo que estamos permanentemente en deuda. Gracias por tu participación.
    Daniel

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