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La utilidad de los Monasterios.

Por Daniel do Campo Spada

Quien me diera alas de paloma para volar y descansar!
Entonces huiría muy lejos, habitaría en el desierto.
Me apuraría a encontrar un refugio contra el viento arrasador y la borrasca.
(Salmo 54)
Monasterio

En otra nota hablábamos de la importancia de la oración y los espacios para lograrlo. La primera reflexión que a cualquier individuo contemporáneo nos viene a la mente es sobre lo difícil que ello parece en una vida saturada de medios de comunicación que hacen imposible que el humano esté solo. Si consideramos que en algún momento la propia India era la nación más poblada ¡con apenas cinco millones de personas!, lo que hoy es la población de Uruguay, vemos que el mundo está aparentemente lleno.
Seis mil millones de personas dan la sensación de que no hay espacio. Esto es a todas luces falso, porque al mismo tiempo durante el 2007 fue la primera vez que existe más gente viviendo gente en las ciudades que en el campo, los espacios cubiertos en superficie (tomados en km2) no crecen en forma paralela. Sin embargo, un mundo desigual en el acceso, que ha llegado a la locura que en lo que es la casa de todos (el planeta) algunos se tengan que sentir excluídos por el único pecado de no tener dinero, nos ha llevado a que ocupar un espacio es un esfuerzo que a veces nos lleva toda la vida. En otras ocasiones no alcanza ni para pagar donde depositar los últimos restos mortales.
Las viviendas de la mayoría de la población de sociedades desiguales (en Brasil, el 75 % de la renta es propiedad del 10 % de los habitantes) presentan cada vez más hacinamiento. Los humanos no disponemos en la mayoría de los casos del mínimo espacio vital para estar “solos”. Muchos estudios psicológicos son testigos de que ello es uno de los componentes de una psiquis humana que se enferma en un hábitat también enfermo. La sensación de agobio que la supuesta superpoblación de un mundo hostil sufre en nuestros días debe ser sorteada de alguna forma.
La necesidad de aislamiento, sin embargo, tiene tantos años como la humanidad civilizada. Los primeros cristianos se salían de las ciudades y allí quedaban en estado contemplativo. Hoy, eso es más difícil porque cualquiera espacio tiene un “dueño”. De todas formas, desde San Antonio (251-356), comenzó un movimiento de hombres que querían vivir esa experiencia. Luego San Benito (480-547) impuso las reglas necesarias (conocidas como las Reglas de San Benito) para que esa vida pueda ser organizada y logre sobrevivir como entidad y como experiencia espiritual. Aunque atraviezan serias dificultades de sostenimiento (al igual que el resto de las instituciones de la Iglesia Católica), los monjes sostienen en todo el mundo los monasterios, un espacio ideal para permanecer al menos algunos días en oración. Para los laicos no dejan estar más de una semana (en algunos casos son hasta cinco días), pero es una vivencia que merece vivirse. Un rato al costado de un mundo que corre desenfrenadamente a ningún lado, no solo es una oportunidad de encontrarnos con nosotros, sino una magnífica ocasión de escuchar a Dios.

18 de Mayo, 2008.

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Comentarios(2) »

  1. Carlos — 03-06-2008 - 22:16:24 GMT 3

    Soy de Mar del Plata. Hay alguno en Buenos Aires o cerca? Còmo hago para ir?
    Gracias

  2. Daniel do Campo Spada — 06-06-2008 - 23:48:56 GMT 3

    Carlos: En enero de este año fuí a uno que está en la localidad de Jáuregui, al costado de Luján. Se llama San Benito de Luján (http://www.sbenito.org.ar/abadia/abadia.htm) y la verdad es que fue una experiencia maravillosa. Un trato y atención excelente. Te dan una pieza que pagás a voluntad cuando te vas, al igual que la comida. El ritmo del Monasterio te ordena. Gracias por escribir.

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