¿En qué mundo vivimos?
Por Daniel do Campo Spada.
En una de sus misas al frente de la parroquia San José de los Obreros de la localidad bonaerense de Gerli, el Padre Jorge (aunque él no lo sepa el responsable de mi regreso a la Iglesia) dijo: “Si les pregunto quién cree que en el cielo vamos a tener una vida mejor, todos levantan la mano. Pero si yo les pregunto quién se quiere ir primero, nadie levanta la mano ¿no?”. Ese interrogante quedó rebotando en mis pensamientos muchísimo tiempo. ¿Realmente no me iría? El transcurrir de los años despiertan en muchos (entre los que estoy incluído) el sentimiento propio de la condición de peregrinos.
Peregrino es aquel que camina, que anda, hacia algún lugar. En nuestro caso ello es la Casa del Padre, donde Dios nos prepara una alborada para cada uno. De esto toman consciencia quienes saben disfrutar de su vejez, viviéndola como el que ya ha hecho la tarea. Una alumna, en una oportunidad me dijo que ella no quería saber nada con morirse. Como ejemplo de emergencia se me ocurrió una extrapolación. “¿Cuándo estás más contenta? ¿Cuando empezás una tarea difícil o cuando la terminás?”, le dije. La respuesta fué obvia. “Cuando termino soy más feliz”. Eso es la vida, en definitiva. Una tarea difícil.
Aferrarse a esta vida en exceso es apostar a un activo inestable e imprevisible. “Vivimos así, tiroreados entre el proyecto de Jesús, de entrega y servicio, y el proyecto del mundo, de sometimiento y dominación.” (La liturgia cotidiana. Buenos Aires. Ediciones San Pablo. Mayo 2008, Ciclo A, N° 105. Pág 69).
Muertes, injusticias, malestares varios, enfermedades, traiciones... ¿Qué nos hace adorar a un espacio en el que el Príncipe es el mismísimo Diablo? Repasemos un poco el lugar en el que estamos. La humanidad se debate ante una crisis alimentaria perversa. A pesar de que somos 6 mil millones de habitantes, mal distribuidos y hacinados, hay capacidad técnica de producir alimentos para el doble de personas. Entonces ¿cómo justificamos que la tercera parte de la humanidad se muera de hambre? ¿Puedo, no ya desde la fé sino de la más mínima ética anteponer problemas comerciales al derecho a comer? Argentina produce y exporta alimentos como nunca en su vida, aunque está al borde dejar a su población desbastecida. El lucro por el lucro mismo, ha hecho que fabriquemos alimentos de forraje para los animales del primer mundo. Dicho de otra forma. La producción de países pobres está destinada no a su gente sino a engordar los animales de los países ricos. Para peor, lo que quedaría, está destinado a los agrocombustibles de los coches de las sociedades ricas. Millones de personas se morirán de hambre en los próximos años para que unos pocos en la otra punta del mundo coman abundantemente y disfruten de niveles de confort obstentosos.
Seguimos con otra imagen tristemente cotidiana en nuestra América Latina. Familias completas son desplazadas por policías armados y encapuchados porque algo tan artificial como el poseer dinero (auténtico dios pagano) determina un derecho humano básico. En Europa, donde reina la xenofobia Italia expulsa a los inmigrantes con un trato peor que el que se le da a un animal, por el solo hecho de “ser inmigrantes ilegales”. Incluso, desde la llegada del magnate Silvio Berlusconi se ha legislado para dejar en prisión desde seis meses a seis años a los que sean sorprendidos en flagrante infracción de “extranjeridad”. El inmigrante es alguien que huye de la pobreza. ¿Puede ser culpable de ser pobre alguien? ¿Si no tenemos dinero podemos ser considerados una escoria? ¿Podemos los cristianos aceptar pasivamente esto sabiendo que está fuera de toda lógica humana?
Nuestra condición de seres históricos que el Padre ha dispuesto nos obliga a tomar partido. Claro, mientras estemos aquí.
Mayo 2008
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