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Categoría: Historia

Anglicanos retornan a la casa católica.

mundus 01/11/2009 @ 18:34

Por Daniel do Campo Spada.

anglicanos_01.jpeg La Iglesia Católica (que significa “universal”) oficializó el ingreso de alrededor de mil anglicanos, a los cuales se les mantendrán sus órdenes y parte de sus rituales y particularidades. Al cisma que oportunamente se realizara, se le fueron agregando variantes que hoy la distinguen de nuestra tradición. Por ejemplo, sus ministros se casan y tienen hijos, cuando los que nos hemos quedado aquí siempre referenciamos el celibato en nuestros pastores.
En el mundo hay 70 millones de protestantes anglicanos, fundamentalmente en los países sajones o ex colonias africanas y asiáticas, aunque la mayor parte se encuentran en Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos.
Aunque son de rito parecido al latino, en el nuestro se instauró el celibato en 1139 durante el Concilio de Letrán. Cabe acotar que los cristianos de rito oriental permiten el matrimonio de sus sacerdotes, aunque al momento de ascender en la jerarquía se privilegia a los célibes, que generalmente son los monjes.
Aunque la medida adoptada por su Santidad Benedicto XVI sorprende por lo heterodoxa, los sectores que pídieron su reingreso (porque en definitiva es un regreso) son los mas conservadores, que se van de la Iglesia Anglicana porque esta le ha abierto la puerta a homosexuales y a ministras mujeres.
Los pastores casados podrán seguir oficiando ceremonias como cualquier cura católico y los que son obispos en matrimonio conservarán el cargo de monseñor pero solo podrán estar al frente de una Iglesia. En cambio aquellos que sean solteros podrán convertirse en jefes de las diócesis.
De esta forma, dentro de la Iglesia de Roma conviven los ritos católicos, oriental y anglicano.

Octubre 2009-10-28
www.REFLEXIONCRISTIANA.nireblog.com

Nuestro errores del pasado – I. El diálogo interreligioso.

mundus 13/03/2009 @ 18:40

“En el plano interreligioso es oportuno poner de relieve cómo para los creyentes en Cristo el reconocimiento de las culpas pasadas por parte de la Iglesia es conforme a las exigencias de la fidelidad al Evangelio y, por tanto, constituye un luminoso testimonio de su fe en la verdad y en la misericordia del Dios revelado por Jesús.” (Comisión Teológica Internacional. Memoria y Reconciliación: La Iglesia y las culpas del pasado. (Punto 6.3). Documentos Eclesiales. Buenos Aires. Ediciones San Pablo. 2000. Pág. 97)

Por Daniel do Campo Spada

vidaort.jpg Habitualmente nos dicen que no es correcto dar a conocer en un blog nuestros problemas como cristianos. Quizás allí se escondan dos ideas de Iglesia. Por un lado, la que la concibe como un hecho reservado, cuasi secreto, de lo que no se habla. Por el otro, estamos los que la entendemos como una gran asamblea del Pueblo de Dios. Cada misa es una referencia a esta idea. Mas allá de los aspectos rituales, recuerda nuestros orígenes, en los que los hermanos perseguidos se reunían en cuevas para comentar la Palabra y compartir sus dudas y necesidades. El debate es necesario en nuestra condición de cristianos. Y quien debate, puede encontrar errores y quien se equivoca, debe pedir perdón. Porque no es lo mismo un mal acto hecho en forma inconsciente que uno realizado premeditadamente. Si al haber ocurrido, repasando nuestras acciones, encontramos que hemos hecho daño, el pedido de perdón debe ser inmediato.
Nuestra Iglesia, cuerpo vivo compuesto de millones de fieles esparcidos en todos los continentes, ha cometido errores. Sobre todo cuando los hermanos o nosotros, nos creemos únicos poseedores de la verdad, olvidando las enseñanzas de Jesús. El condicionante histórico puede dar por cerrada una vida particular en la tierra, pero el cuerpo de la Iglesia sigue vivo en cada bautizado. Por ello, desde Cristo en adelante, somos una continuidad. El Documento citado al comienzo de este párrafo, es muy esclarecedor al respecto. Si algún hermano, actuando como hombre en lugar de como hijo de Dios cometió excesos, esa culpa anida en el cuerpo de nuestra comunidad y por ello es válido pedir perdón.
En pro del diálogo con las hermanas Iglesias Cristianas Ortodoxas, hay un manto de perdón hacia los hijos que nacieron en ellas generaciones después de la separación, de la cual es probable que nosotros los Católicos también tengamos parte de culpa. De hecho, Jesús jamás aprobaría la separación de Su Iglesia. Nuestros rituales y la línea de consagración bautismal tiene el mismo origen y ello no es reversible, pero sí un futuro en el que volvamos a estar juntos. El Documento afirma al respecto que “Comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres por una y otra parte. Sin embargo, quienes ahora nacen en esas comunidades y se nutren con la fe de Cristo no pueden ser acusados de pecado de separación, y la Iglesia católica los abraza con fraterno respeto y amor”.1 Este párrafo también pertenece a uno de los momentos mas gloriosos de nuestra Iglesia contemporánea que fué el Concilio Vaticano II, en su Decreto “Unitatis redintegratio” de 1964.
Respecto a un hecho que ha tenido mucha difusión a lo largo de los siglos, como es la Inquisición, Juan Pablo II, que el Santo Padre al momento de emitirse este documento, advierte que las reconstrucciones para pedir perdón deben ser hechas con sumo cuidado, porque muchas veces son deformadas a nivel de la opinión pública y no se corresponden con los hechos reales. A lo que dijo Su Santidad habría que agregarle el necesario elemento de la interpretación de época, ya que las culturas son elementos en permanente movimiento y no siempre se puede ver un mismo hecho desde un tiempo cronológico distinto.
Por ello, es válido el revisar el accionar y si es necesario pedir perdón, que es pedirle perdón a Dios fundamentalmente, ya que si en cada hermano vemos a Jesús, cuando nos equivocamos también los hacemos con él.

ENERO 2009-02-01
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Arnulfo Romero: “Sentir la Iglesia”.

mundus 01/03/2009 @ 02:17

Por Daniel do Campo Spada.

romero_14.jpg El 24 de marzo de 1980, mientras recibía a la multitud que se acercaba a él a buscar refugio espiritual en un país que se desangraba en una cruenta guerra civil, un sicario del gobernante ARENA le disparó a quemarropa convirtiendo en mártir al Arzobispo de San Salvador. Moría Monseñor Arnulfo Romero, quien como lema invitaba a “sentir la Iglesia”.
En el mundo y en particular en América Latina comenzaba la gran noche. Las jerarquías católicas latinoamericanas que supieron convertir a nuestro continente en el espacio que aún hoy tiene mayor cantidad de fieles en el mundo estaban siendo desplazadas lenta y sutilmente. Las dictaduras estaban desparramadas en todo nuestro mapa alentadas por uno de los presidentes norteamericanos más conservadores del pasado siglo como Ronald Reagan. Ese cóctel explosivo dejó a nuestros sacerdotes y muchos fieles muy activos en un peligro limbo de desamparo por parte de nuestra conducción enfrentando a gobiernos que estaban a favor de los poderosos y en contra de los pobres.
Romero fue uno más de los mártires contemporáneos, que comprometidos con la realidad de sus pueblos usaron el evangelio para llamar la atención sobre lo lejos que se estaba de Jesús incluso en regímenes que ponían en los mismos altares la cruz y las armas. Muchos de ellos, “en nombre de Dios” asesinaron sin piedad. ¿Se imaginan a Cristo picaneando, fusilando o desapareciendo gente?
En cada homilía incitaba a cada cristiano, en un país católico como El Salvador, a cambiar la realidad agobiante que estaban viviendo. Una situación compleja no solo por las balas de la guerra civil, sino por el dolor que provocaban las injusticias. Contra eso invitó a luchar. Los gobernantes, con el partido ARENA fundado por el mayor Roberto D'Aubuisson no pudieron soportar ese otro lenguaje. No lograban comprender que el miedo que ellos querían provocar con sus escuadrones de la muerte fuera superado por misas cada vez más multitudinarias y retransmitidas por la radio y en grabaciones caseras. Los derechos humanos eran un concepto nuevo en el lenguaje de occidente, pero eterno en la Biblia.
Su voz y ejemplo se multiplicó después de muerto, dando por preeminencia el hecho de lo que realmente valía era el amor por hermano y que no muere a quien matan, ya que “la promesa que Él nos hizo es esta: la vida eterna”. (San Juan 2, 22-28)

ENERO 2009-01-24
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