APARECIDA IV. La crisis de nuestra Iglesia.
“Para la Iglesia Católica, América Latina y El Caribe son de gran importancia, por su dinamismo eclesial, por su creatividad y porque el 43 % de todos sus feligreses vive en ellas; sin embargo, observamos que el crecimiento porcentual de la Iglesia no ha ido a la par con el crecimiento poblacional. En promedio, el aumento del clero, y sobre todo de las religiosas, se aleja cada vez más del crecimiento poblacional en nuestra región”. (DOCUMENTO CONCLUSIVO de APARECIDA, Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, 2007, Párrafo 100 a).
Por Daniel do Campo Spada
La crisis, entendida como un momento de dificultades en la extensión de la palabra de Cristo en nuestros discursos sociales, es un tema que lamentablemente se ha vuelto recurrente en estas reflexiones. Y quizás ese sea el mejor termómetro de que el problema está entre nosotros. Templos vacíos, escasas donaciones, muy pocas vocaciones, escasa presencia mediática y hasta la particularidad de que los practicantes somos miramos (en un país considerado católico) con la misma simpatía con que se observa a las minorías culturales. Ayunar, rezar, hablar de Dios, se han vuelto rasgos de un “loco lindo”, cuando deberían ser considerados “normales”.
Al momento de escribir estas líneas estábamos celebrando las Pascuas de 2009 y hasta el deseo de Felices Pascuas pasó a ser la oportunidad de que mucha gente manifieste no creer, decir que no le importa, y hasta dar comentarios banales sobre la oportunidad de vacacionar en Semana Santa.
El Documento de Aparecida, sin embargo reconoce unos párrafos después del citado que “lamentamos una auténtica obediencia y de ejercicio evangélico de la autoridad, las infidelidades a la doctrina, a la moral y a la comunión, nuestras débiles vivencias de la opción preferencial por los pobres (…) contrarias a la renovación del Concilio Vaticano II”1. Quizás allí esté el origen de nuestra caída en el favor popular.
En otras líneas, creo haber contado que un Monje de un Monasterio bonaerense ante mi incertidumbre me dijo que había que serle “fiel a Cristo, mas que a la Iglesia”. Cuando en los 50, 60 y 70, y sobre todo en América Latina había florecido una corriente de pastores católicos que se ponían al lado de sus ovejas, animándolas a llevar el mensaje cristiano de hermandad, solidaridad y amor a Dios, poniendo el cuerpo por ello, un grupo, que durante varios siglos representó lo más triste de nuestra historia, armó lo que se llamó “restauración conservadora”. Algunas órdenes crecieron al calor de esos nuevos aires, las que junto a uno de los Santos Padres de los más carismáticos que hemos tenido cambiaron la Iglesia. Los resultados los vemos hoy. Seminarios vacíos y sociedades secularizadas en el mal sentido de la palabra.
El mismo Jesús nos habló de resurrección y por ello es condición natural del cristiano no perder la Fe.
Jesús Alvarez Gómez2, en su obra sobre la historia de la Iglesia manifiesta que el indiferentismo religioso existente en las sociedades paganas le abrieron el camino al cristianismo. Cree que expandir la palabra de Cristo habría sido mucho más difícil si existía una religión sólida ocupando el espacio. Hoy no cabe duda que la indiferencia forma parte incluso de quienes están bautizados y hasta han tomado la comunión. Junto con el casamiento por Iglesia, se han convertido en fiestas con mayor componente social familiar que espiritual. En otras palabras, esa es una religión de plástico, muy lejos de los que Jesús y los padres fundadores imaginaron para nuestra Iglesia, que debe estar y servir como herramienta e instrumento para implementar la voluntad de Dios. Hoy nos encontramos muy lejos de ello, aunque millones de cristianos buscan en las cestos de papeles, en los anaqueles de las bibliotecas, en terapias de diversa índole ese vacío que se debería volver a cubrir, no con recetas dogmáticas (cerradas y excluyentes) sino con corazones y manos abiertas.
ABRIL 2009-04-10
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La publicación Foreign Policy que es reproducida en castellano por Archivos del Presente (Nº 49) en una nota que escribe John L. Allen Jr., enumera los eslóganes o mitos que describen el presente de nuestra Iglesia Católica: “La Iglesia católica se está debilitando”, “El catolicismo es de derecha”, “La Iglesia es extremadamente rica”, “La Iglesia nunca cambia”, “El Vaticano está rodeado de un velo de misterio”, “El catolicismo está obsesionado con el sexo” y “La Iglesia es ultrajerárquica”. En realidad, cada título encomillado es desarrollado para ser desmentido.
Quienes tenemos la bendición de poder ser educadores, debemos estar conscientes de los crucial de la misión educativa. Tenemos la responsabilidad de transmitir no solo nuestra ciencia (asignatura), sino también nuestros valores y, lo más importante, nuestro ejemplo. Al transitar un aula, ya sea como alumnos o docentes, vemos que hay una cierta “observación” sobre la persona de quien es el responsable de la conducción grupal. Los contenidos corren por un lado institucionalmente visible, pero hay otro espacio que es el de ver en ese adulto a un modelo. Aún en este presente de jóvenes posmodernizados por los medios, hay una indagación de lo que ese profesor es fuera del aula.
El sacerdote católico José María Di Paola, quien junto a otros curas dio a conocer un documento crítico en cuanto a la propagación incontrolable de la droga en los barrios pobres, recibió la amenaza de un sicario que le advertía que se fuera porque sería asesinado. El término utilizado, según la víctima fue “sos boleta”. Pablo Osow, otro religioso, de la localidad de Gerli, también recibió amenazas. La denuncia indica que la droga y el narcotráfico gozan de una total despenalización en las áreas marginales, permitiendo que los jóvenes arruinen sus vidas insertos en el perverso mercado de los estupefacientes.
El lado oscuro de nuestros barrios, es la droga instalada desde hace años, quizás con más fuerza desde el 2001. Entre nosotros la droga está despenalizada de hecho. Se la puede tener, llevar, consumir sin ser prácticamente molestado. Habitualmente ni la fuerza pública, ni ningún organismo que represente al Estado se mete en la vida de estos chicos que tienen veneno en sus manos.
Cuando un cura se acerca y saluda a los chicos y chicas que están en los pasillos de consumo, en esos lugares de tristeza y desesperación, recibe generalmente preguntas y pedidos de este tipo: "¿Dios a mí me ama?" "¿Me voy para arriba o para abajo?" "Padre me da la bendición de Dios". "¿No me ayuda a salir de este lugar?, no aguanto más esta vida"...
No hay que ser ingenuos, la tríada hambre-criminalidad-droga es demasiado fuerte. Frente a esta dramática situación tenemos que tomar conciencia de que hay que realizar un trabajo de prevención sistemático y a largo plazo.
Cuando las estadísticas nos dicen que son demasiados niños, jóvenes y adultos que fuman pasta base, tengamos por seguro que llegamos tarde. La pregunta es: ¿queremos seguir llegando tarde? Son personas, seres humanos que mueren o quedan con una vida hipotecada. Por ellos hay que hacer algo ya. Aunque sólo salvemos a uno.
No alcanza con el pago de una beca de tratamiento. Hay jóvenes que no pueden volver a sus barrios -cerca de su casa se compra y se consume libremente droga- se da una suerte de factor cuasi-biológico que favorece la recaída en el consumo. La no conveniencia de la vuelta al barrio es señalada reiteradamente por muchas familias que los aman y acompañan. Tenemos que ir tejiendo con ellos una propuesta de real reinserción social. Desde el elemental derecho a la identidad o sea que accedan a sacar su documento hasta una salida laboral y un lugar para vivir con dignidad.
Aunque desde su visión política de la realidad argentina se pueda tener diferencias, como pastor, el Cardenal Jorge Bergoglio dispone de un vehemencia que se nota en sus sermones y que traslada a sus libros. En particular, haremos mención de uno de ellos ya que su obra escrita es bastante extensa. En “Educar: exigencia y pasión”1, pone de manifiesto un conocimiento que sobre el tema educación es muy propio de todos los integrantes de la Compañía de Jesús. Nuestro continente ha sido depositario de lo más rescatable de la acción evangelizadora de los conquistadores europeos, que llevaron al frente justamente los jesuitas.
