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San Judas Tadeo I. El primo de Jesús.

Por Daniel do Campo Spada.

tadeo.jpeg Muchos confunden el nombre de Judas que es Tadeo, con el de Judas Iscariote, que traiciona a Jesús. Cabe acotar que el Santo que referimos en estas líneas es el primo de Jesús, por el lado de San José. Al caer en desgracia quien lo vende por unas monedas de oro, este ingresa como el nuevo Apóstol. Era muy común en la época las similitudes de los nombres por lo que en muchos casos se debía hacer referencia habitual al patronímico para poder establecer una identidad.
Judas Tadeo era hijo de Alfeo Cleofás, hermano de San José y “los evangelistas Mateo y Marcos los llaman simplememte Tadeo, que significa ´valiente´ mientras que Lucas le dice Judas, hijo de Santiago, distinguiéndole de Judas Iscariote”1.
A diferencia del resto de los Apóstoles que eran pescadores, Tadeo era agrónomo, cerca de la figura del campesino que está en muchas de las parábola de pastores que Jesús invocó en su vida pastoral. Según el Evangelio de Juan (14, 22), el Santo se manifestó abierto a que la Verdad sea rebelada a todos y no solo a los elegidos cuando expresa ante un comentario de Jesús esa necesidad de apertura. “Quien ha recibido mis mandamientos, y los observa ese es el que me ama. Y el que me ama, será amado de mi Padre y yo le amaré y yo mismo me manifestaré a él. Dícele Judas, no el Iscariote: Señor, ¿qué causa hay para que te hayas de manifestar claramente a nosotros y no al mundo? Jesús le respondió así: Cualquiera que me ama, observará mi doctrina y mi Padre le amará, y vendremos a él, y heremos mansión dentro de él”. (San Juan XIV, 21-23).
Judas Tadeo fue un gran evangelizador en compañía de San Simón, el novio de la Boda de Caná, que es donde Jesús realiza a pedido de la Virgen María su primer milagro al convertir el agua en vino. Juntos recorrieron Judea, Galilea, Egipto, Siria y Persia. En este último lugar, fueron convocados por el general babilonio Baradac, quien le dijo que no iba a haber guerra sino que los indios enviarían embajadores de paz. Deslumbrado por la capacidad de predecir y la piedad que invocaron contra los ministros que se habían equivocado, les abrió las puertas de Persia. “El propio Rey, su corte y Baradac recibieron el bautismo cristiano”2.
En esa región oriental comenzaron a corregir costumbres filiales, como es el caso de los parantezcos no respetados en las relaciones sexuales, en las que eran iguales hermanas, madres o tías y los muertos arrojados a los bosques para ser devorados por las fieras. Impusieron matrimonios, enseñaron el respeto a las relaciones familiares y enseñaron el entierro cristiano. Casi cien mil personas comenzaron a tomar sus enseñanzas, una cifra nada desdeñable considerando la población de la época y ello despertó el celo de los Magos del Sol y la Luna, quienes con una turba de fanáticos lo secuestraron junto a San Simón. En el templo los martirizaron para que abjuraran de Cristo, cosa que no hicieron. San Simón fue asesinado por el golpe de mazasos y a Judas le cortaron la cabeza con un hacha. A los minutos, el templo profano se derrumbó causando gran temor entre los presentes. Los cadáveres fueron rescatados por Abagaro, príncipe de Edesa, en Siria, a quien Judas había curado sin pedirle nada a cambio.
Judas Tadeo es conocido como el Santo de las causas difíciles.

Los Jesuitas II. El espíritu de las misiones en América.

Por Daniel do Campo Spada.

jesuitas_01.jpeg Más de un libro o película ha estado inspirado en la acción evangelizadora de la Compañía de Jesús en el continente americano. Por su extensión, efectividad en la cristianización de los aborígenes pero sobre todo por su humanidad en el choque de culturas, despertó recelos en aquellos que -incluso en El Vaticano- veían a los nativos de Abya Yala como una fuente de explotación económica mas que como un hermano en Cristo.
Los temas administrativos y el problema de que un pequeño imperio de repente se encontrara con la necesidad de conducir un continente gigantesco, dio el espacio necesario para que en algunos casos se permitiera ciert libertad en la construcción de ciudades o reducciones. Ello fue aprovechado por los Jesuitas. Un libro sin autor, perteneciente al Centro de Difusión de Buena Prensa indica que “el descubrimiento de América produjo la oportunidad de construir una sociedad más acorde con los designios cristianos (…) abrió la experiencia a la construcción del Paraíso Guaraní que rigió la Compañía de Jesús hasta su eliminación por el borbón Carlos III”1.
Los encomenderos españoles y fundamentalmente la corona portuguesa tenían claras intenciones sobre los nativos que en combinación con los sacerdotes de Loyola habían desarrollado habilidades manuales, en algunos casos pre-ingenieriles, musicales y administrativas notables. Si se hablaba de explotación, esas personas se convertían en un botín deseable. Pero lo que mas preoupación generó en las coronas europeas y en varios hombre vaticanos fue que se estaba creando un proyecto peligroso. El mencionado libro relata que “la tierra que laboraban era de propiedad comunal del pueblo, siendo la jornada laboral de seis horas. El fruto del campo los repartían de forma igualitaria, y lo que sobraba era para la reserva de los más necesitados. El modo de vida resultaba sencillo e igualitario, vinculado a un hábito de trabajo, como elemento formativo del nuevo cristiano”2.
El accionar humano, contemplativo con el otro pero de mucha acción en el socorro del necesitado aunque fuera diferente marcó una auténtica interpretación del espíritu de Jesús, que tantos golpes y deformaciones ha recibido a lo largo de la historia de la Iglesia Católica.

Los curas villeros dan a conocer una declaración para la integración urbana.

Por Daniel do Campo Spada

curas_villeros.jpeg El Equipo de Sacerdotes para las Villas de la Ciudad de Buenos Aires es un grupo de casi veinte curas que desde hace dos décadas rescatan el ideario cristiano de compromiso con los más pobres que supo encarnar el asesinado Padre Carlos Mugica. Viven y trabajan en los sectores mas marginados de la Capital argentina y desde allí luchan contra un montón de cosas, entre las que se destacan su lucha contra la droga que somete a los jóvenes. En esta oportunidad hacen un llamado a la integración urbana para que los barrios no sean ghetos.
A continuación reproducimos integramente el documento dado a conocer en plena semana de Mayo.

Celebrar el Bicentenario en la Ciudad de Buenos Aires
(2010-2016)

Estamos entrando en la celebración del Bicentenario de nuestra Patria (2010-2016). La Misión de la Iglesia en la Argentina no puede estar separada de este acontecimiento. [1] El anhelo es “poder celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social”.[2]
Como Equipo de Sacerdotes para las Villas de la Ciudad de Buenos Aires nos preguntamos: ¿cómo hacer realidad este anhelo en nuestros barrios?
La pastoral popular que desarrollamos desde el Evangelio, tiene como horizonte “contribuir a la integración y unión de un pueblo… unir al pueblo que está en las villas con el pueblo de la ciudad”.[3] Sabemos que “los retrasos en la integración tienden a profundizar la pobreza y las desigualdades”,[4]por eso nos parece imprescindible trabajar por la integración urbana.
Ahora bien, al tratar de pensar los sucesos de hace ya doscientos años, y que todos conocemos, buscamos recoger con el pensamiento y traer a la memoria las cosas ocultas, descuidadas y dispersas. Es necesario que la memoria de un pueblo que celebra busque en si misma lo que se ha escapado, pero no se ha perdido, sino que sólo está oculto.
Cuando leemos, escuchamos o vemos relatos sobre nuestra historia solemos encontrarnos con nombres de un grupo muy reducido de la población. Cuando estudiamos por ejemplo el período independentista del que ahora comienza a celebrarse su bicentenario, los nombres que se mencionan son los de personas que fueron muy importantes en el proceso, pero que evidentemente no lo hicieron solos. Miles de mujeres y hombres cuyo recuerdo casi se ha perdido fueron también partícipes del proceso de independencia y su acción fue decisiva en los acontecimientos que estamos celebrando. Por eso, si se tiene en cuenta sólo a quienes hoy tienen calles que llevan sus nombres, se está centrando la atención nada más que en una minoría ilustrada. Y queda afuera el grueso de la población, lo que en la época se llamaba “el bajo pueblo”. Pero si no contemplamos la acción de ese bajo pueblo no entendemos la historia en su plena verdad.
Queremos destacar entonces, la influencia del “bajo pueblo” en los acontecimientos que celebramos: “ese grupo no fue una caja de resonancia de las decisiones y acciones de la elite porteña sino que también contribuyó a delinear el destino de Buenos Aires. Es más, no es posible comprender la política porteña de la época si no se atiende a la participación plebeya”[5].
Hoy en día el pueblo que habita las periferias de la ciudad también puede recibir este nombre de “bajo pueblo”. Y nosotros creemos firmemente que está llamado a tener un rol protagónico en la celebración del Bicentenario.
Tal vez alguien podría afirmar que las Villas están habitadas por muchos extranjeros. ¿Por qué incluirlos en “nuestra” celebración? Pero en realidad, “si algo no ha de resultar ‘extraño’ (=extranjero) a nuestra sensibilidad es precisamente el extranjero. Estamos en un pueblo que a lo largo de su historia ha incorporado continuamente a extranjeros, que aportaron valores de sus propias culturas”[6]
Este año celebramos el Bicentenario de la Revolución de Mayo, que inicia el proceso que terminará en la independencia de un nuevo país, Argentina. Ahora bien, a partir de 2010 comienza una serie de bicentenarios importantes para nuestro país: la bandera y la batalla de Tucumán en 2012, la Asamblea del Año XIII y la libertad de vientres en 2013, la independencia en 2016, el Cruce de los Andes en 2017, la batalla de Maipú en 2018, por citar sólo los más destacados. Pero la década que se inicia no sólo trae celebraciones para nuestro país, es una década americana. Porque en 1810 no sólo se formó una junta en Buenos Aires, sino que también hubo juntas en Caracas, Santiago de Chile, Bogotá, Quito y en parte de México. Porque “nuestra” guerra de independencia es la misma que condujo a las independencias de Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y Uruguay, por citar sólo los casos cercanos.
En esa época la gente tenía dos identidades: el lugar donde nació (así había salteños, mendocinos, porteños, correntinos, cordobeses, potosinos, cochabambinos, limeños, asunceños, etc.) y ser americano. No existían las identidades nacionales todavía. Por eso, sólo podemos entender el proceso de la independencia si lo vemos como un fenómeno americano y no sólo argentino. “El pueblo argentino nace en el espacio fraterno de la solidaridad latinoamericana que no puede ser borrado de la memoria histórica”[7]
Este es el Bicentenario de todos. Por eso, es también la celebración de los bolivianos, paraguayos, peruanos, uruguayos y otros latinoamericanos que viven en nuestro país, en nuestra Ciudad de Buenos Aires y por consiguiente en nuestras Villas. Sería muy bueno que pensemos a los años que vienen como una oportunidad para la integración; que sea el Bicentenario de la integración.
Los vecinos de nuestros barrios de indudable condición social pobre, no son simplemente carentes de dinero, sino que tienen un modo de ser, una cultura propia. Hay en nuestras Villas una enorme riqueza cultural que ha tenido como origen la llegada a la gran ciudad, de familias del interior del país y de países limítrofes. Se respira y se vive una cultura popular que tiene como núcleo la fe en Dios y en la Virgen[8]. Cultura popular que entiende el barrio ante todo como el vínculo de los vecinos que anhelan vivir los valores de la fraternidad y la solidaridad. Hay en la mayoría de los habitantes de nuestras Villas un deseo profundo de progresar; pelean cada día por una vida más digna.
Por otro lado esta realidad se da en un contexto de marginación dentro de nuestra querida Buenos Aires. Nos parece que hay entre otros, dos presupuestos que dificultan la integración de nuestros barrios a la Ciudad y tienden a deslegitimizar todo derecho del habitante de la Villa a vivir en este sector de la Ciudad. El primero tiene que ver con la propiedad privada[9]: “no es su tierra, no pagan todos los impuestos, ni todos los servicios, por eso no son ciudadanos”. Y es así que los criterios más pragmáticos de una sociedad capitalista privilegian el potencial lucrativo de la tierra por sobre el derecho a la vivienda de los más pobres. El segundo presupuesto tiene que ver con el privar de todo valor a la cultura popular que allí se vive por identificarla a algunos de los antivalores que se dan en ella[10].
Pero si miramos desde otra perspectiva constatamos que se da de hecho una enorme desigualdad de oportunidades respecto de otros barrios. Los habitantes de la Villa, cada uno con su rostro, su raíz y su esperanza, merecen ser respetados e integrados al todo de la Ciudad. Para ello en primer lugar es necesario escucharlos. Son vecinos de la Ciudad de Buenos Aires, no se puede ocupar su lugar dejándolos al margen de las decisiones, sobretodo en temas que afectan directamente a su vida. Para nosotros los más pobres son sujetos de su propio destino, de su promoción humana integral.
Ahora bien, creemos que considerar a los más pobres no como objeto, sino como sujeto, implica también reconocer que los más pobres tienen una manera particular de pararse frente a la realidad, un modo de situarse frente a la vida. No sólo dan que pensar, sino que piensan; no sólo despiertan sentimientos sino que sienten. Tienen una cosmovisión que ofrecer. Esto parece una verdad elemental, sin embargo, en la práctica, a la hora de trazar políticas de Estado para estos barrios no es suficientemente tenida en cuenta. Tal vez habría que decir que a lo largo de los años las decisiones sobre las Villas cambiaron con los sucesivos gobiernos. Entonces descubrimos por ejemplo que el verdadero urbanizador ha sido el vecino común de la Villa. En muchos de los casos fueron los mismos villeros los que hicieron habitables algunos sectores de la ciudad ganando espacio a un basural, o rellenando una laguna.[11]
La celebración del Bicentenario en nuestra Ciudad de Buenos Aires es una ocasión para reconocer al pueblo que habita la Villa como un interlocutor al que hay que primeramente escuchar para entrar en un diálogo fecundo. Por eso se trata de una escucha sincera y eficaz que lleve soluciones reales, que ayuden a recuperar la confianza del vecino común de la Villa en los funcionarios públicos, en la justicia etc.
Este tipo de escucha ciertamente ayudará a bajar los niveles de enojo y de violencia que a veces vemos en los barrios. Por eso no alcanza conocer el barrio a través de punteros políticos. No alcanza conocer la Villa a través de la televisión o los diarios. No alcanza, porque aquí estamos hablando de que se desatienden los derechos más elementales: el derecho a la alimentación, el acceso al agua, a la educación básica, al cuidado de la salud, a una vivienda digna. etc. Estamos hablando aquí de derechos universales de todo ser humano sin distinciones ni discriminaciones. Estos derechos elementales suponen el cumplimiento de los deberes más elementales por parte del Estado. Deberes que la Iglesia, las ONG, los grupos comunitarios de nuestros barrios y la sociedad en general, tenemos también que asumir como propios, según nuestras posibilidades. Esta es nuestra responsabilidad ya que la solidaridad es algo de todos, no se le puede exigir todo al Estado[12].
En la gran ciudad muchas veces se reivindica el derecho a lo superfluo y nos olvidamos que en la periferia de la misma se vulneran los derechos más elementales[13].
El Evangelio de Jesús nos enseña que cada persona es sagrada, cada una tiene una dignidad infinita y debemos respetarla. Esta Buena Noticia debe ser anunciada y realizada entre los más pobres.[14] El programa de Jesús, ese camino que va desde los pobres a todos, nos parece un programa más que válido a la hora de trazar políticas de Estado, a la hora de legislar y a la hora de juzgar.

En camino hacia la integración urbana.

Si tenemos pasión por el Bien, si realmente queremos pagar la deuda social en los barrios más pobres de la Ciudad, la celebración del Bicentenario se presenta como una gran oportunidad. La misma abarcará un período de seis años; esto nos da la posibilidad de escucharnos y a través del diálogo buscar consensos que nos permitan realizar acciones concretas, que ayuden a integrar las Villas a la Ciudad de Buenos Aires.
En un primer paso habría que buscar un método para escuchar a los vecinos de las Villas, recogiendo así los deseos y necesidades que el pueblo de la Villa experimenta. Tal vez por ejemplo se descubra que primero desean una escuela cerca, o una guardería para que las mamás puedan salir a trabajar y sólo luego cambiarle el nombre a las calles, para que no sean los mismos nombres que las de otras calles de la ciudad.
Obviamente se necesita alguien en el Ejecutivo de la Ciudad de Buenos Aires que tenga la mirada del conjunto de estas aspiraciones de los vecinos de las Villas y articule la necesaria participación de distintos ministerios y áreas del Estado, para que en lo concreto del trabajo de integración de las Villas al todo de la Ciudad no se superpongan roles y funciones, ni se actúe de manera desarticulada.
También es necesario más allá de las diferencias políticas, el diálogo, el consenso y las acciones comunes entre el gobierno nacional y el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires sobre temas que hacen a la promoción y al cuidado de los más pobres que viven en las Villas de la Ciudad.
El Bicentenario nos da la posibilidad de mirar hacia delante, de proyectar, de votar un presupuesto, de realizar acciones concretas y de evaluar los objetivos consensuados. Por consiguiente es necesario una vez escuchados a los vecinos de estos barrios trazar políticas de Estado más allá de quien gobierne.
Estamos hablando entonces de un acuerdo social y político que favorezca la integración de las Villas a la Ciudad. La deuda social es enorme, visualizamos esta propuesta como un camino para alcanzar una mayor justicia social.

Pedimos a la Virgen de Luján, Madre del Pueblo, que nos inspire los caminos para celebrar un Bicentenario con justicia e inclusión social.

- José María Di Paola, Carlos Olivero, Facundo Berretta y Juan Isasmendi de la Villa 21-24 y N.H.T. Zabaleta.
- Guillermo Torre, Martín Carrozza y Eduardo Drabble de la Villa 31.
- Gustavo Carrara, Joaquín Giangreco y Hernán Morelli de la Villa 1-11-14.
- Franco Punturo y Pablo Ostuni de la Villa 20.
- Sebastián Sury y José Nicolás Zámolo de la Villa 15.
- Pedro Baya Casal y Martín De Chiara de la Villa 3 y del Barrio Ramón Carrillo.
- Nibaldo Valentín Leal de la Villa 6.
- Sergio Serrese de la Villa 19.
- Enrique Evangelista de la Villa 26.
- Jorge Torres Carbonell de la Villa Rodrigo Bueno.

Equipo de Sacerdotes para las villas de emergencia
Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 11 de mayo de 2010

Los Jesuitas I. San Ignacio de Loyola. El militar de Dios.

Por Daniel do Campo Spada.

sanignacio_02.jpeg Una de las órdenes más dinámicas y actualmente la más numerosa es la conocida como Compañía de Jesús. Aunque en un momento era un término despectivo, hoy se les reconvirtió en un signo de orgullo ser reconocidos como Jesuitas. La vida de San Ignacio de Loyola fue durante siglos la fuente de inspiración en todos los continentes en que se encuentra evangelizando.
En 1540, el Papa Paulo III les concede la gracia de convertirse en orden, que entre sus postulados juraban fidelidad extrema a Su Santidad. Este, que era el cuarto voto que realizaban sus miembros los convertía en “tropas ligeras” del Vicario de la Iglesia, que podía ubicarlos en un lugar u otro del mundo con solo disponerlo. En el presente, mantuvieron ese eje aún a pesar del desprecio de algunos Padres como Juan Pablo II, quien privilegió durante su restauración conservadora a órdenes ligadas a posiciones extremas como el Opus Dei de San José María Escriva de Balaguer.
La rigidez moral de la Compañía era una respuesta de un sector creciente e creyentes que estaban preocupados por las actitudes y conductas licenciosas de muchos hermanos que habían caído en la tentación de la corrupción que se enseñoreó en la Europa decadente de la Edad Media. Sus miembros deben pasar un largo período de prueba antes de ser incorporados. Su estructura, conducida por un sacerdote que recibe el nombre de General reafirma un poco esa imagen de ejército evangélico.
El carácter global de sus misiones hizo que los jesuitas se destaquen en ciencias ligadas a la cultura. Su respeto en las tareas evangelizadoras, en donde buscaban hablar el idioma y entender las costumbres de los nativos los ha convertido en los primeros que escribieron las gramáticas de muchas lenguas. Otras órdenes trabajaban distinto, ya que en las corrientes colonizadoras imponían por la fuerza la lengua y la visión europea.

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La Muerte Terrena III La muerte cristiana.

“Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte amén”. (Ave María)

Por Daniel do Campo Spada.

cielo.jpeg Los cristianos somos hijos de la Revelación que Cristo vino a hacernos. Por ello, quienes creemos en Él estamos en la tranquilidad de que Dios Padre vendrá por nosotros en el último Día para llevarnos con el resto de nuestros hermanos.
Al creer hemos sido bendecidos con el consuelo, nos sabemos distintos al destino finito de una planta o un animal. Nosotros sabemos que nuestra vida es infinita y que lo único finito es nuestro pasaje por la Tierra.
El Catecismo de la Iglesia Católica indica que “la muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino”1. La idea de una partida se recuerda en el responso que todo hermano recibe sobre sus restos cuando pedimos a Cristo y a la Virgen María para que lo acompañen en el camino hacia la vida eterna.
Cuando ingresamos a la vida cristiana con el bautismo recibimos la primera protección espiritual, mas allá de las vicisitudes de nuestra vida terrena y cuando se nos despide, estamos ante un candado creado por el manto piadoso. “Cuando la Iglesia dice por última vez las palabras de perdón de la absolución de Cristo sobre el cristiano moribundo, lo sella por última vez con una unción fortificante y le da a Cristo en el viático”

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La Muerte Terrena II. La Morada Eterna.

“No se turbe vuestro corazón. Pues creeis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones, que si no fuese así, os lo hubiera yo dicho. Yo voy a preparar lugar para vosotros. Y cuando habré ido, y os haré preparado lugar, vendré otra vez, y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy , esteis también vosotros”. (San Juan 14, 1-3).

Por Daniel do Campo Spada.

cielo.jpeg El que acabmos de transcribir siempre me ha parecido uno de los pasajes mas atrapantes del Nuevo Testamento, que no casualmente está en el texto de evangelista mas piadoso. Allí Jesús nos promete que hay un lugar junto a Él. De otra forma, reafirma su permanente mensaje “hay vida eterna”.
En esa morada eterna recuperaremos el cuerpo que tenemos en la carne, pero con una diferencia sustancial. Este es corrupto, se degenera, se enferma, tiene hambre y sueño. El otro, cuando recuperemos la carne, será incorrupto.
El Catecismo de la Iglesia Católica explica que “el término carne designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad. La resurrección de la carne significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros cuerpos mortales volverán a tener vida”1.
En ese estadío nos daremos cuenta de muchas cosas que la cultura hoy hace que nos atormente, como por ejemplo los conceptos de belleza y fortaleza. Allí seremos todos iguales en Cristo, como parte de Dios. Quizás nuestra mente estructurada en nuestra vida terrena nos impida imaginarnos ello, pero seguramente descubrimos la felicidad en otra forma, amándonos como obra de Dios que somos.
Algunos misterios nos estamos en condiciones de responderlos, como por ejemplo el hecho de nuestro cuerpo a que edad será el que resucite. ¿Cómo se congeniará un nieto que haya vivido mas que su abuelo? Ante esto, más que dos respuestas, tenemos dos hipótesis: a) En ningún momento Jesús nos ha dicho que reencarnaremos con el cuerpo del último día en la tierra y b) Quizás, como dice la misma Biblia nuestros cuerpos y rostros sean el reflejo del alma, por lo que al vernos distintas generaciones en la vida eterna no emitamos la misma imagen en todos los casos.

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La Muerte Terrena I. La partida.

“A ti clamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. (Salve)

Por Daniel do Campo Spada.

cielo.jpeg Cuando se muere un ser querido sentimos que un frío interior nos recorre. El piso parece abrirse y auténticamente querríamos que nos trague. En un primer momento nos parece un mal sueño lo que estamos viviendo. Sentimos que no puede ser real que esa persona que hasta hace horas estuvo con nosotros hoy ya no esté. Algunos hermanos incluso dudan de Dios. En el dolor pueden llegar a blasfemar por haber permitido la muerte...
… pero cuando el dolor nos empieza a dar un respiro, cuando la resignación le gana a la ira, podemos hacernos algunas preguntas reparadoras. ¿Si los Santos también abandonaron la vida terrena, por qué no lo haría nuestro ser querido que probablemente consideremos también una excelente persona? ¿No es contradictorio, estar convencidos de que allá nos espera Dios y llorar por quien inicia ese camino? ¿No es egoísta acaso querer que nuestros seres queridos se queden en este valle de lágrimas cuando tienen la posibilidad de acudir al llamado de Jesús? ¿No ha servido de nada que Jesús nos demostrara que la muerte se derrota y que no es definitiva? ¿De qué valió semejante sacrificio?
Las preguntas se responden claramente desde lo intelectual, aunque no alcanzan las palabras del mas grande de los idiomas para hacer posible un consuelo que solo puede llegar desde el Señor. Lo poco que podemos hacer es abandonarnos a nuestro dolor pidiendo un rápido rescate. Los monjes tiene una oración que dice “Señor Jesucristo, apiádate de mí”, porque los frágiles somos nosotros. Cuando en un velorio las personas dicen “pobre, era tan bueno”, la palabra “pobre” está mal empleada, ya que no es un castigo sino una recompensa a una vida de dolor, sacrificios, alegrías claro pero rodeadas de sinsabores. ¿Podemos llegar a imaginarnos una vida para siempre aquí?
Dios nos prepara una Vida Eterna, junto a ÉL y a los que hemos querido en la Tierra (en este valle de lágrimas). ¿Por qué negarnos a la dicha eterna que Jesús nos prometió?

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Educación Católica IV. La cristiana paternidad de Don Orione.

Por Daniel do Campo Spada.

orione_01.jpeg San Luis Orione se dividió en atender a escuelas con niños pobres en Italia, Brasil y la Argentina. A principios del siglo XX dividió su tarea entre las escuelas abiertas por sus misioneros enviados al vecino país y su presencia física en la localidad de San Fernando. Desde la Provincia de Buenos Aires escribía durante las noches largas cartas con instrucciones para sus hermanos ubicados en la nación hermana o en el viejo mundo.
En una de ellas, escrita en febrero de 19221 desde su pieza en Victoria2 dejó plasmado un auténtico tratado de pedagogía que marcaría las instituciones educativas que integraban su orden. Las enseñanzas y lineamientos han hecho de sus escuelas un espacio cristiano en donde lo humano y espiritual marchaba por delante de la simple asimilación de contenidos curriculares. A ese perfil lo llamó pedagogía cristiano-paternal y constituye quizás una de las mas piadosas propuestas del cristianismo.
Las frases dan suficientes pistas de la piedad que este Santo tuvo en su tarea educativa, quedando plasmado en un pequeño párrafo que bien serviría como prefacio del capítulo cuando manifiesta que “sea la escuela una familia., de buena disciplina y moral, llevada con mucha diligencia y mucho afecto en el Señor. Toquen de ve en cuando la cuerda del sentimiento, el corazón de sus alumnos y elévense con ellos hasta Dios. ¡Así se educa!”3.
Una apelación importantísima de Orione pasa por el hecho de no olvidar que las escuelas católicas no pueden quedarse solamente en instituciones educativas simples, sino que deben tener siempre el agregado de la fe por delante. Si ello no fuera considerada toda la enseñanza quedaría con resultados superficiales “o lo más, produciría una bondad aparente, postiza, pasajera, que podríamos llamar bondad de colegio”4.
En tiempos de aulas difíciles da una máxima que muchas se olvida incluso en las escuelas religiosas. “El educador hágase querer santa y noblemente, más que hacerse temer”5, en clara referencia al nombre de la pedagogía orionista, autodenominada cristiano paternal. Lo de cristiano es simple de imaginar y en cuanto a lo paternal (o maternal) es una invitación a tratar con amor al alumno, procurando que entienda por el convencimiento a través del buen trato. Indica que no solo no hay que gritar nunca, sino que además hay que evitar los sermones. “Sin duda que todo debe ser noble y santo en la escuela, como es en el templo, pero nada de sermones. Es que todo en ustedes deberá hablar de Dios”6.
En la práctica docente ocurren cosas tales como la apatía, el desinterés o el mal carácter. Orione considera que el castigo solo debe quedar para casos extremos. La enseñanza cristiana tiene que utilizar muchas herramientas previas para evitar esto, cuidándose de jamás humillar al alumno.
La mejor estrategia pedagógica que repite insistentemente es la del ejemplo. “Les costará trabajo, fracasos y sufrimientos, pero vuelvan sus ojos a Cristo y reflexionen que trabajan para Él y con Él, y por la Iglesia, y de Dios recibirán la recompensa...”7.

POPULORUM PROGRESSIO IV Por un desarrollo integral del hombre (Segunda Parte).

Por Daniel do Campo Spada.

paulovi_02.jpeg En la Segunda Parte, los Capítulos IV “La acción que se debe emprender”, V “Urgencia de la obra que hay que realizar” y VI “Programas y Planificación” son una apelación a la acción en un momento en que cambiar el mundo parecía algo más que una utopía. En uno de sus párrafos iniciales advierte que “no hay que arriesgarse a aumentar todavía más la riqueza de los ricos y la potencia de los fuertes, confirmando así la miseria de los pobres y añadiéndola a la servidumbre de los oprimidos”1, aunque busca compensar una frase que suena a anticapitalista con otra en la que comenta que “evitarán el riesgo de una colectivización integral o de una planificación arbitraria que, al negar la libertad, excluiría el ejercicio de los derechos fundamentales de la persona humana”2. Es válido recordar que el cristianismo se asociaba a la revolución solo en América Latina, donde Camilo Torres era la síntesis del cura guerrillero, pero en Europa, por el contrario, los sistemas socialistas eran culturamente ateos y veían a las creencias religiosas como una advertencia. No es el momento de expandirnos al respecto, pero este error de asociar al catolicismo con la defensa del sistema burgues proviene del equívoco del enfrentamiento entre la libertad e igualdad que propiciaban los revolucionarios franceses y el clero que se opuso durante la instauración de la República. En España esto se consolidó al apoyar grandes sectores de la jerarquia ecleasiástica los privilegios de clase propio de la monarquía. Aún el pueblo socialista-republicano era cristiano. En Polonia, aún los miembros del Partido Comunista eran creyentes, pero la CIA norteamericana utilizó a la Iglesia Católica y al Sindicato Solidaridad como mascarón de proa para instalar el capitalismo.
En forma casi profética con lo que fueron los 90 en el siglo XX, Paulo VI escribe que “la tecnocracia del mañana puede engendrar males no menos temibles que el liberalismo de ayer. Economía y técnica no tienen sentido si no es por el hombre, a quien deben servir”3. Para humanizar la vida es esencial en cambio la educación y la cultura, donde el germen necesario es la alfabetización. “La educación es el primer objetivo de un plan de desarrollo”4. La globalización mercantil por el contrario arrasó culturas enteras en base a lo que la Encíclica llama “tentación materialista”, ya que “los pueblos ricos (…) presentan, con demasiada frecuencia (...) el ejemplo de sus éxitos en una civilización técnica y cultural, el modelo de una actividad aplicada principalmente a la conquista de la prosperidad material”5. El concepto que lamentablemente se ha impuesto es de considerar avance a la posesión de riquezas y por ello hay en las urbes latinaomericanas un “eurocentrismo” extendido a Estados Unidos en donde se los considera avanzados por el simple dominio de la tecnología informática o industrial, en tanto que a los pueblos originarios se los considera al mismo tiempo atrazados. Muchas de las sociedades originarias de Abya Yala viven armoniosamente con el medio ambiente, sin desgastarlo y preservándolo como fuente inagotable de recursos en un claro nivel de desarrollo.
Una frase cierra esta parte de Populorum Progressio en una síntesis conceptual: “...el hombre no se realiza a sí mismo si no es superándose”6.

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POPULORUM PROGRESSIO III Por un desarrollo integral del hombre (Primera Parte).

Durante cuatro notas desarrollaremos una parte del espíritu de una de las principales Encíclicas Papales que marcó la etapa mas rica de nuestra Iglesia en el siglo XX.

Por Daniel do Campo Spada.

paulovi_02.jpeg En el Capítulo II, que lleva el título de “La Iglesia y el desarrollo”, comienza lanzando un mandato a los misioneros para que lleven la Buena Nueva a los pobres en un desafío para que las acciones sean concretas. “Al mismo tiempo que iglesias, sus misioneros han construido hospicios y hospitales, escuelas y universidades. Enseñando a los indígenas el modo de sacar mayor provecho de los recursos naturales, los han protegido frecuentemente contra la codicia de los extranjeros”1. Sin hacer alusión directa es un rescate de la forma de evangelización de los jesuitas. Esto se calla en la mayoría de las publicaciones católicas e incluso en su voto de obediencia al Papa los propios integrantes de la Compañía de Jesús se han llamado a silencio desde la restauración conservadora de Juan Pablo II. Muy útil es en esta parte cuando diferencia los poderes terrenales de los celestiales, pero sin por ello resignar la lucha por los hermanos y la justicia en nuestro presente en este planeta2.
En el Capítulo III, “Visión cristiana del desarrollo” rescata al individuo aún en el contexto global que presentó en el II. “En los designios de Dios cada hombre está llamado a desarrollarse, porque toda vida es una vocación”3. Sin embargo advierte en que dentro de la escala de valores debe evitarse al materialismo sofocante que alimenta la ambición y la codicia. El hombre queda de esa forma prisionero de las ambiciones económicas. “La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculos para el crecimiento del ser y se opone a su verdadera grandeza; para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma mas evidente de un subdesarrollo moral”4. Considera que dentro de la aspiraciones menos humanas están el abuso del poder y la explotación de los trabajadores y dentro de las más humanas están la ampliación de conocimientos, la educación y la cultura5. Este capítulo pone en crisis a aquellos que asocian al capitalismo al cristianismo.

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FEBRERO 2010-2-07
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